"Con ellos comparto y con ellos recuerdo"

jueves, 18 de febrero de 2010

EL LENTO PROCESO DE LA MUERTE



ASI ES LA MUERTE...
La única certeza que tiene el ser humano es que mas tarde o mas temprano tiene que pasar por este proceso. Tiempo tenemos de preguntarnos que ocurre después.
El cadáver se torna pálido, indicando esto que la sangre que fluía por sus capilares subepidérmicos se ha replegado a otros vasos mayores, el frio de la muerte, que tanto impresiona, se enseñorea ahora del cuerpo. El descenso térmico alcanza incluso cotas inferiores a la temperatura ambiental, provocando la impresión de gelificación. Este proceso térmico comienza en el rostro a los cuarenta minutos del fallecimiento y concluye en el epigastrio (parte superior del vientre) y las axilas. Se explica esa sensación táctil de frialdad semejante al hielo porque a través de la piel se produce una rápida evaporación de vapor de agua y es sabido que toda exudación gaseosa provoca importantes descensos de temperatura.

El cadáver se deshidrata aceleradamente. La perdida de agua es responsable de que los globos oculares experimenten una fuerte contracción. El ojo deja de presentar su turgencia habitual, la cornea se vuelve opalescente y la piel de todo el cuerpo comienza a plegarse y apergaminarse. Mientras tanto, la sangre se coagula al sedimentarse los glóbulos rojos, la hemoglobina que estos contenían y que daban a estas su color rojo, se derrama tiñendo al suero sanguíneo, antes transparente, llegando a impregnar las paredes arteriales cromándolas con un tinte carmín indefinido. La sangre, acumulándose en las zonas inferiores del cuerpo, brinda a estas un tono violáceo que contrasta con la sobrecogedora palidez de otras áreas. Por otra parte, el suero sanguíneo se abre paso a través de los capilares y, atravesando la piel, se filtra hasta el exterior dando lugar a las “transudaciones post mortem”. También la orina, el líquido cefalorraquídeo y los fluidos intracelulares se derraman a través de los diversos tejidos, provocándose bolsas o ampollas cuya descomposición provocaran luego el pútrido olor de los cadáveres.

APARECE LA RIGIDEZ

Simultáneamente a esa palidez, exudación y frialdad, los músculos del cadáver se tornan rígidos y endurecidos. Si al principio aquel cuerpo recién fallecido parecía flácido, ahora su tejido muscular adquiere la textura de una tabla. Parece ser que esta rigidez de las fibras musculares es debida a un proceso lento de acidificación combinada con la deshidratación. Las moléculas proteicas de la musculatura adquieren ahora una elasticidad que las asemeja al acero. La rigidez cadavérica se inicia unas cuatro horas después, comenzando en la mandíbula inferior y en la nuca, y concluyendo con la extensión de las piernas, se prolonga hasta dos o tres días tras el instante del óbito (muerte). Entre tanto ocurren fenómenos sorprendentes. Durante mucho tiempo se popularizó la idea supersticiosa de que las personas ahorcadas experimentaban en los últimos instantes de su vida un intenso placer sexual. Como prueba del orgasmo se solía señalar la observación de erecciones y eyaculaciones “post mortem”. Hoy se sabe que este fenómeno esta vinculado al proceso bioquímico de rigidización. No existe tal placer: los fenómenos que se producen son, simplemente, reacciones espontáneas a nivel físico, involuntarias e inconscientes.

Es frecuente observar durante el periodo de rigidez muscular, contracturas de los maxilares, parpados que se abren y cierran bruscamente, flexiones en los dedos de las manos y pies y, sobre todo, la clásica “carne de gallina” (horripilación) provocada por microcontracciones a nivel epidérmico de los músculos erectores del vello. Aun mas horripilante resulta ver como un cadáver en posición tendida “decúbito supino” espontáneamente se incorporan en la camilla mortuoria con el tronco en posición vertical o en algunos casos extienden bruscamente su brazo ante el espanto de todos los presentes. Con la rigidez del difunto debemos dar por perdida toda esperanza de que aquel cuerpo pueda reanimarse y ejercer las perdidas funciones vitales.

La despiadada acción putrefactora

Tras la muerte, inicia su macabra actividad la llamada “auto lisis tisular” (autodestrucción de los tejidos celulares). Y mas tarde iniciaran su voraz banquete los fermentos, microorganismos necrófagos que no perdonan nada ni a nadie. Sus enzimas se aplican con particular empeño a romper cuantas moléculas complejas encuentran a su paso. Proteínas y ácidos nucleicos son destruidos y descompuestos en sus aminoácidos y nucleicos integrantes. En pocas horas los órganos más delicados de nuestro cuerpo quedan reducidos a una masa viscosa y pestilente. La porción medular de las glándulas suprarrenales se ablanda convirtiéndose en una cavidad cloacal que segrega un líquido parduzco, y las paredes del estómago y los intestinos se reblandecen también por autodigestión. Los jugos gástricos que hasta ahora habían respetado los recintos que los contenían, muerden agresivamente la coraza muscular, perforándola y derramándose por las cavidades peritoneales (membrana que cubre el interior del vientre). La cavidad pleural, junto al pulmón, que contiene una sustancia sumamente ácida, al reaccionar con los líquidos gástricos que se abren paso a través del diafragma, comienzan una acción doblemente destructora sobre el aparato respiratorio. Todavía las bacterias putrefactoras esperan a intervenir, cuando los primeros agentes químicos hayan abierto brecha…..

Aparecen los gases pútridos
Las grasas de ciertas zonas se transforman en ácido acético bajo la actividad de fermentos lipolíticos; y los múltiples hidratos de carbono comienzan a degenerar, convirtiéndose en alcoholes y ácido láctico. Todos estos procesos de la materia orgánica en descomposición comienzan a exhalar los primeros gases pútridos: ácido sulfhídrico y amoniaco, pentano, etc. Es ahora cuando los microorganismos que preparaban su gran batalla final se deciden a intervenir. Proceden de todas partes. Estaban escondidos en las fosas nasales y entre los dientes, flotaban en el aire circundante, pero sobre todo, existían por billones en la flora bacteriana de nuestros intestinos.

Se lanzan a perforar las células inermes de los tejidos, que desprovistas de las defensas que los anticuerpos contenidos en la sangre les deparaban, no pueden luchar contra tan poderoso enemigo. Penetrando por los vasos sanguíneos, que ya no contienen otra cosa que suero degenerado, e invadiendo los túbulos linfáticos, se esparcen por doquier. La sangre descompuesta les sirve como caldo de cultivo.

Aparecen los bacilus…
El “clostrídium Welchii” es un microorganismo que destruye los componentes complejos de la sangre, licua los coágulos de los “post mortem” , e invadiendo otros tejidos. La “scherichia colí" y el “proteus vulgaris” le acompañan en su acción demoledora. A las cuarenta y ocho horas del fallecimiento una bacteria se impone a todas las demás, el “bacillus prutricus” que junto con el aun abundante oxigeno que hay en el cuerpo, ejerce su poderosa acción fermentativa. Pero la abundante descomposición de moléculas bioquímicas engendra, como hemos visto, abundantes gases sulfurados, anhídrido carbónico y metano. Así estas mismas especies mueren asfixiadas por sus propios productos tóxicos. Es la hora de las bacterias anaerobias (las que respiran aire normal), que habitualmente residen en las cloacas.

Entre los líquidos putrefactos amarillo-verdoso en que se han transformado los citoplasmas celulares, esos microbios encuentran un caldo nutritivo más apetitoso para concluir su función degradadora del cadáver. A veces extraños organismos provocan efectos sorprendentes. Sobre algunos cadáveres aparecen manchas de vivo color carmín. Es allí donde se encuentra el “micrococus prodigiosus”, el mismo que provoca los falsos milagros de las hostias que manan sangre, o estatuas que lloran sangre. En otras ocasiones es el “bacterium violaceum” el que genera curiosas marcas de color lila como hechas por un tampón de tinta sobre la piel apergaminada.

Se destruyen las vísceras
La destrucción de las vísceras llega a niveles que cuesta describir. Los parénquimas (tejidos celulares esponjosos) son aniquilados por el “enfisema pútrido” hasta ha llegar a licuarse. El hígado se transforma en una repulsiva sustancia verdinegruzca, y el cerebro, esa maravillosa estructura prodigiosa, acaba por reducirse a una masa amorfa verdigrisacea y viscosa. Los pulmones se atrofian, las fibras del corazón presentan multitud de burbujas llenas de gas pútrido. Cuando transcurren dos meses, lo que era el miocardio se ha trocado en un líquido espumoso en el que sobrenadan gotas de grasa corrompida. Todavía los riñones se resisten a tal destrucción, así como el páncreas o la vejiga. Es como el último bastión resistente a la acción putrefactora, pero irremediablemente inútil.

El desprendimiento de los gases
La temperatura de fermentación es elevada. La frialdad de los cadáveres deja paso a una elevación térmica que alcanza los 40º. Entonces el desprendimiento de gases es impresionante. Gases que pueden llegar a inflamarse, que se acumulan en vacuolas o bolsas que llegan a explotar, gases que producen macabras inflamaciones del vientre en algunos cadáveres.
Son estos gases los que provocan algunos espeluznantes movimientos del cadáver y llegan incluso a gestar el parto de algunas embarazadas después de su muerte. Son estos gases los que testifican la presencia de un ahogado, haciéndolo flotar. Estos gases llegan a estallar en la misma epidermis, abriendo así enormes llagas que constituyen la puerta de entrada de nuevas bacterias saprofitas, hongos y millones de pequeños insectos necrófagos que concluirán el festín de la muerte.En este momento ya ha concluido el periodo de putrefacción.

El rostro se transforma
Los cabellos se desprenden a la mínima tracción, los tegumentos (membrana que cubre el cuerpo), se ennegrecen y los glóbulos oculares se proyectan hacia el exterior otorgando un horrible aspecto al rostro del cadáver. Los parpados se distienden, inflamándose los labios, mientras por sus comisuras mana un líquido negruzco de color pútrido y por otras cavidades corporales se desprenden emanaciones espumosas y amarillentas. La fase final es denominada por los tanatólogos como “putrefacción colicuativa”. Las articulaciones se abren manando un líquido que es mezcla de centenares de subproductos orgánicos. Todas las vísceras se han licuado ya. Los globos oculares se han disuelto. La voracidad de los insectos necrófagos ha dado buena cuenta de una gran masa del cuerpo descompuesto. El cerebro hace ya varios días que se transformo en un viscoso líquido grasiento de olor alicaído, y los músculos se redujeron a hojas membranosas. La grasa sufre un proceso de saponificación (Transformación en jabón), el amoniaco procedente de las fermentaciones es el culpable de este fenómeno químico.

Llega el fin…
Sucesivas especies de hongos acompañan este último estadio del cadáver. Mientras algunas grasas se escinden en glicerinas y ácidos grasos combinándose con sales alcalinas para formar otros tipos de jabón, la flora micósica combina su acción con millones de larvas que corroen los últimos reductos blandos de los restos. Solo queda ahora un humus grasiento cuando los ligamentos y algunos tendones han desaparecido de la escena. A los pocos días resta casi incólume la esbelta arquitectura del esqueleto óseo. Se ha consumado la aniquilación.

Concluimos este lento proceso de la muerte y nos preguntamos:

¿Y a continuación que sucede?

¿Continua existiendo la conciencia?

¿Todo se funde en la nada?

¿Qué ha sido de nuestras emociones, sentimientos, pensamientos, problemas, ilusiones...?



Audio: ¿donde estan los fallecidos?
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